Esta novela puede ser una metáfora sobre la lucha de clases.
En general, nuestra sociedad sigue estando estructurada en dos clases, la clase dominante y la clase dominada.
Históricamente la clase poderosa ha utilizado las armas para someter. Y puede volver a usarlas siempre que se crea necesario.
Ahora, en las democracias occidentales el poder utiliza las ideas para seguir manteniendo en estructuras a las personas sometidas.
Con las ideas se crean mentalidades concretas, lo que es igual que decir formas de entender la vida. Así, hay quien entiende la vida para vivir en una prisión de oro o quien la entiende para vivir libre.
Desde este punto de vista, esta novela es un ejercicio de desobediencia, de protesta y de resistencia.
Considero bastante literario al texto de El almendro en flor roja, de una forma fragmentada, sin aparente continuidad, sin principio ni final, como es la propia vida: Flotando en el vacío cuántico.
Pero en ese infinito de nada que es el universo en que vivimos se genera la atracción-repulsión energética que define lo vivo.
En el vacío metafórico de esta novela igualmente se genera una lucha de fuerzas opuestas que nos llevan a plantearnos un problema ético:
¿Tenemos que pensar y que vivir como quieren las multinacionales, los gobiernos y las religiones?
¿Por qué debemos asumir las ideas que se nos imponen para subsistir como masa en vez de buscar nuestra realización como personas conscientes?
¿La hipócrita moral que lo religioso nos impone es obligatoria?
¿Cualquier aspecto en que se desarrolla la sexualidad es humano? ¿Debemos de aceptar que nuestra dimensión sexual sea reprimida y encauzada a los intereses del comercio y el poder?
¿Por qué nos doblegamos a las ideas dominantes?
¿Por qué creemos que la protesta, la desobediencia y la resistencia nos dan mala imagen social? ¿Nos permitimos la protesta y la desobediencia?
Esta visión de mi novela “El almendro en flor roja” es una de las posibles. ¿Hay más? ¿Son posibles otros frutos?
2008-12-29
2008-12-14
2008-09-22
MIGUEL CASTRO: Comentarios de un lector
Hola, Pepe, revisando las notas que tomé tras la lectura de la novela, me he dado cuenta de que todo está relacionado con este pasaje: "Esta novela no tiene ni pies ni cabeza, te dices, y es cierto, tienes razón como siempre porque el sentido común es de todos y a todos nos indica sencillamente un norte, una vía, una forma de discernimiento medio clara."
No pienso que le falten pies ni cabeza a esta novela, al contrario, tiene de todo, pero no ordenado a la manera en que el lector medio actual de nivel cultural medio está acostumbrado; como lector interesado en los personajes y temas que planteas (metaliteratura, política, sexo, crítica social y económica…), me parece un material riquísimo, muy bien escrito, elaborado con un talento natural pero también se aprecia el esfuerzo; sin embargo, en la disposición y organización de esos materiales, no tiene muy en cuenta a la mayoría del público lector, como si no hubiera un interés especial en alcanzar más fuerza y dotar al texto de mayor impacto para transmitir los ideales defendidos.
Al elegir la forma indirecta de presentación, a través de un personaje que intenta elaborar una novela, personaje que además no sabe cómo hacerlo, y que muestra a las claras sus limitaciones y a veces hasta incapacidad para materializar un conjunto organizado de mensajes, en mi opinión, aunque exista e incluso aportes una justificación, se va perdiendo fuerza, y con ello potencialidad de cambiar mentalidades, de alterar estados de opinión, de sobresaltar de verdad al lector. Por lo que yo entiendo, este siempre se sentirá a salvo de quienes no han sabido convencerlo sobre el fondo de las cuestiones, porque se escudará fácilmente en defectos de forma para quitarle razón y poder de persuasión. Claro que, puesto que tu intención es novelar como lo haría cualquiera, mostrando el río de la realidad en su continuo fluir, quizá no te hayas planteado tal intención de zaherir conciencias y cambiar en el acto formas de pensar, pero me extrañaría mucho con la fuerza de ese material.
Un ejemplo concreto para explicarme, no pretendas rebatirme tan pronto: en lo que respecta a la "venganza" política contra esas instituciones que ganaron la guerra del 36, pues no de otra forma se compensa por la humillación y el sufrimiento infligidos, una persona como yo se sentiría a disgusto, porque lo deseable sería consolidar la reconciliación y no despertar viejos fantasmas, por muy vivos que estén en el recuerdo de muchos miles de personas. Para alguien como yo, aun cuando sean muy duras y sangrantes las injusticias cometidas contra cientos de miles o millones de personas inocentes, que lo fueron, y poco a poco en España las vamos conociendo todos gracias a la literatura y al cine, no es menos cierto que debemos por el bien común contextualizarlas en un momento y en un país traumatizado por una guerra cruenta, y ya sabemos de lo que es capaz el ser humano en una lucha encarnizada, no paramos de verlo en otros países y épocas. Pues bien, para una persona como yo, ese intento de resucitar un cierto espíritu revanchista, no provoca apenas preocupación o inquietud, al quedar casi neutralizado en la novela precisamente por la poca entidad que suscita el personaje y la solidez organizativa de su creación.
¿Oportunidad desaprovechada? ¿Debemos darle tiempo al tiempo? Esta obra, ¿lograría modificar ese estado de opinión generalizado que de alguna forma represento en este presente? Pues quizá no por sí sola, pero junto a algunas otras, seguro que sí. Esta novela podría ser el paso adelante que parece estar gestándose ya en la sociedad española actual; con la buena acogida de algunos, y de escritores que continuaran ese camino, nadie es capaz de vaticinar el alcance y las consecuencias de los cambios que pudiera deparar. Lo cierto es que, como todo en esta vida, tales cambios conllevarían ventajas que todos disfrutaríamos, pero también inconvenientes que entre todos acabaríamos venciendo. De manera que, en definitiva, enhorabuena por la valentía de transitar la literatura para dirigirte a un objetivo vital plenamente sentido.
No pienso que le falten pies ni cabeza a esta novela, al contrario, tiene de todo, pero no ordenado a la manera en que el lector medio actual de nivel cultural medio está acostumbrado; como lector interesado en los personajes y temas que planteas (metaliteratura, política, sexo, crítica social y económica…), me parece un material riquísimo, muy bien escrito, elaborado con un talento natural pero también se aprecia el esfuerzo; sin embargo, en la disposición y organización de esos materiales, no tiene muy en cuenta a la mayoría del público lector, como si no hubiera un interés especial en alcanzar más fuerza y dotar al texto de mayor impacto para transmitir los ideales defendidos.
Al elegir la forma indirecta de presentación, a través de un personaje que intenta elaborar una novela, personaje que además no sabe cómo hacerlo, y que muestra a las claras sus limitaciones y a veces hasta incapacidad para materializar un conjunto organizado de mensajes, en mi opinión, aunque exista e incluso aportes una justificación, se va perdiendo fuerza, y con ello potencialidad de cambiar mentalidades, de alterar estados de opinión, de sobresaltar de verdad al lector. Por lo que yo entiendo, este siempre se sentirá a salvo de quienes no han sabido convencerlo sobre el fondo de las cuestiones, porque se escudará fácilmente en defectos de forma para quitarle razón y poder de persuasión. Claro que, puesto que tu intención es novelar como lo haría cualquiera, mostrando el río de la realidad en su continuo fluir, quizá no te hayas planteado tal intención de zaherir conciencias y cambiar en el acto formas de pensar, pero me extrañaría mucho con la fuerza de ese material.
Un ejemplo concreto para explicarme, no pretendas rebatirme tan pronto: en lo que respecta a la "venganza" política contra esas instituciones que ganaron la guerra del 36, pues no de otra forma se compensa por la humillación y el sufrimiento infligidos, una persona como yo se sentiría a disgusto, porque lo deseable sería consolidar la reconciliación y no despertar viejos fantasmas, por muy vivos que estén en el recuerdo de muchos miles de personas. Para alguien como yo, aun cuando sean muy duras y sangrantes las injusticias cometidas contra cientos de miles o millones de personas inocentes, que lo fueron, y poco a poco en España las vamos conociendo todos gracias a la literatura y al cine, no es menos cierto que debemos por el bien común contextualizarlas en un momento y en un país traumatizado por una guerra cruenta, y ya sabemos de lo que es capaz el ser humano en una lucha encarnizada, no paramos de verlo en otros países y épocas. Pues bien, para una persona como yo, ese intento de resucitar un cierto espíritu revanchista, no provoca apenas preocupación o inquietud, al quedar casi neutralizado en la novela precisamente por la poca entidad que suscita el personaje y la solidez organizativa de su creación.
¿Oportunidad desaprovechada? ¿Debemos darle tiempo al tiempo? Esta obra, ¿lograría modificar ese estado de opinión generalizado que de alguna forma represento en este presente? Pues quizá no por sí sola, pero junto a algunas otras, seguro que sí. Esta novela podría ser el paso adelante que parece estar gestándose ya en la sociedad española actual; con la buena acogida de algunos, y de escritores que continuaran ese camino, nadie es capaz de vaticinar el alcance y las consecuencias de los cambios que pudiera deparar. Lo cierto es que, como todo en esta vida, tales cambios conllevarían ventajas que todos disfrutaríamos, pero también inconvenientes que entre todos acabaríamos venciendo. De manera que, en definitiva, enhorabuena por la valentía de transitar la literatura para dirigirte a un objetivo vital plenamente sentido.
2008-09-14
ENRIQUE DURÁN: Mi amigo Pepe Criado
Mi amigo Pepe Criado no dejará nunca de sorprenderme.
Se trata de una personalidad literaria en toda regla sumida en un mundo bohemio auto construido que él mismo se ha encargado de mimar y acariciar, buscando una salida racional a un mundo que creo que no entiende y que no defiende.
Así me sorprendió un día diciendo que se iba a vivir a Turón, un precioso pueblo de La Alpujarra granadina que quizás sea de los pocos que aun conserva la magia y el embrujo de una Alpujarra ya más que sacrificada por el barato precio de la salida de los domingos.
Es de verdad un artista, capaz de refugiarse en su propia mente para escapar de las influencias lascivas que podrían desviarle de su trabajo y además capaz de mantener viva la llama de sus amigos, creando ilusión en las nuevas generaciones de personas que creen en un arte vivo y libre, capaz de hacer pensar.
Ha sabido en esta época transmitir su encanto y su saber a los más jóvenes y compartirlo con sus paisanos, sabiendo mantener dificultosas conversaciones tanto a nivel aristocrático como rural.
Me sorprende su humildad.
Su capacidad de no darle importancia a las cosas y a la vez defenderlas con uñas y dientes, porque el trabajo de una persona es quizás de lo mas valioso que tiene (me dijo una vez) y hay que defenderlo a ultranza, aun sabiendo que a veces la vida del artista es contrapuesta especialmente en un medio rural, donde todo lo que no sea coger una azada no es trabajo sino gandulería.
En definitiva, es todo un regalo para nosotros, tus amigos, esta novela, porque vuelve a ser una sorpresa más tuya Pepe, y estamos ansiosos por poder leerla y disfrutarla, porque seguro que nos recuerda a ti, una novela escrita desde la humildad y desde el trabajo ilusionante que seguro que desprende la magia de tu persona y de tu vida
GRACIAS POR TODO AMIGO
FELICIDADES
Se trata de una personalidad literaria en toda regla sumida en un mundo bohemio auto construido que él mismo se ha encargado de mimar y acariciar, buscando una salida racional a un mundo que creo que no entiende y que no defiende.
Así me sorprendió un día diciendo que se iba a vivir a Turón, un precioso pueblo de La Alpujarra granadina que quizás sea de los pocos que aun conserva la magia y el embrujo de una Alpujarra ya más que sacrificada por el barato precio de la salida de los domingos.
Es de verdad un artista, capaz de refugiarse en su propia mente para escapar de las influencias lascivas que podrían desviarle de su trabajo y además capaz de mantener viva la llama de sus amigos, creando ilusión en las nuevas generaciones de personas que creen en un arte vivo y libre, capaz de hacer pensar.
Ha sabido en esta época transmitir su encanto y su saber a los más jóvenes y compartirlo con sus paisanos, sabiendo mantener dificultosas conversaciones tanto a nivel aristocrático como rural.
Me sorprende su humildad.
Su capacidad de no darle importancia a las cosas y a la vez defenderlas con uñas y dientes, porque el trabajo de una persona es quizás de lo mas valioso que tiene (me dijo una vez) y hay que defenderlo a ultranza, aun sabiendo que a veces la vida del artista es contrapuesta especialmente en un medio rural, donde todo lo que no sea coger una azada no es trabajo sino gandulería.
En definitiva, es todo un regalo para nosotros, tus amigos, esta novela, porque vuelve a ser una sorpresa más tuya Pepe, y estamos ansiosos por poder leerla y disfrutarla, porque seguro que nos recuerda a ti, una novela escrita desde la humildad y desde el trabajo ilusionante que seguro que desprende la magia de tu persona y de tu vida
GRACIAS POR TODO AMIGO
FELICIDADES
2008-09-01
PEPE CRIADO: Aconteceres y razones para escribir narrativa
Comencé a escribir, despertando a la juventud, componiendo algunos poemas, descarado, imitando a Bécquer, y dedicados a la rubita que por aquel tiempo era el sueño de mis amores.
Ya por entonces vivía sumido en la circunstancial y lírica contradicción, por la edad, de no comprender en oposición los sentires íntimos y sociales de quienes me rodeaban. Supongo que para aplacar aquella mi ansia por la verdad, hasta 1980, escribí un buen número de poemas, que los críticos nombraron poesía social. De aquellos poemas sólo recuerdo ya una fiesta de luna llena donde convoqué a unos pocos amigos para quemarlos, rociados de champán biológico, en una hoguera.
Pero, al igual que mi adorada rubia se desdobló, como no me hacía mucho caso me enamoré de otra rubia salerosa, lo mismo ocurrió con mi afán por escribir: Comencé a escribir narrativa.
Leía bastante. En la infancia me apasionaron las historias gráficas, los cómics, luego, tras pasar por una buena cantidad de novelitas de Marcial Lafuente Estefanía, que mi padre devoraba, llegué a los clásicos de aventuras, Julio Verne y los ingleses, para descubrir gozosamente a García Márquez, Vargas Llosa, pasando por ocasionales lecturas de Blasco Ibáñez o Benavente. Después, entre el montón de libros que sin ningún tipo de elección leía, llegaron Boris Vian, Bukowski, Genet… y esto sin entrar a desgranar las querencias de otros géneros artísticos, como el cine, aún recuerdo con emoción un ciclo, en Granada, con todas las películas de Fernando Arrabal, o la pintura, ya entonces abducido por El Bosco y por Joan Miró.
El caso es que muy pronto me puse a escribir narrativa con este bagaje de influencias, mas otro acontecimiento literario que siempre brilla en lo más profundo de mi personalidad y mi gusto por la narrativa: Aquellos cuentos orales que, en la infancia, mi abuelo nos contaba a mis hermanas y a mí a la luz de la lumbre en la chimenea. Desde entonces entrar en una novela o ver una película, o que alguien me hable y hable sin parar, fíjate qué cosa, a mí me traspone, me deja como embobado y pendiente de lo narrado hasta convertirlo en lo único importante de mi mundo.
De esta manera para 1983, año en que publiqué mi primer libro, y era de narrativa, ya tenía escrita una colección de relatos, que luego perdí en su mayoría. Ese mi primer libro publicado, de 60 páginas, que nació sin título y con uno de mis oníricos dibujos de aquella época como portada, encierra un texto explícitamente libre, tanto en temas como en la forma. El libro está dividido en distintos capítulos muy breves, pero relacionados entre sí, componiendo finalmente una novela corta. En cuanto a los temas tratados resultan los mismos, ahora en embrión, de las tres novelas cortas que escribí desde 2002 a 2008, años en que me tomé en serio, como más adelante veremos, mi pasión por escribir narrativa: Libertad sexual, denuncia de la opresión de la Iglesia, negación de las estructuras sociales convencionales…
Sí es cierto que este mi primer libro de narrativa, como otra de las constantes en mi novelística, está escrito en clave poética, escondiendo cierto humor, algo particular, y rebosando de una deslenguada magia, muy influida por el ya mentado Boris Vian, una cita suya cierra este libro, que, surrealista, inventa en cada frase la realidad como nueva.
Precisamente por ese tiempo, en 1982, dejé de escribir aquella poesía de queja colectiva, de carga política, de reivindicación social, porque, estaba entrando en una nueva etapa de mi evolución personal, no encontraba sentido a escribir desde lo negativo, desde lo que estaba mal, siempre según mi criterio, y empezaba a entender que la poesía, como la propia vivencia, podía tener otros valores.
El caso es que, causalidades de la vida, yo entonces vivía en Sevilla, descubrí un nuevo sentido para la poética a través de la imagen y todas las vertientes artísticas: Con el alter ego de Miester Minio trabajé toda la década de los años 80 en la poesía experimental, tanto visual como imaginando poemas sonoros, visivos o realizando acciones urbanas.
Aquí perdí el hilo azul de la narrativa. Bueno, no escribí nada al respecto pero, claro, seguí leyendo. Conocí a Muñoz Molina recién publicado su primer libro, una selección de relatos. Aunque no le vi más, seguí leyéndolo. Y aparecieron Anais Nin, Juan Goytisolo, Isabel Allende, José Saramago… y hubo, seguro, muchos autores y autoras más que me maravillaron, sin olvidar, por supuesto, los cíclicos best-seller que de poco a poco nos imponen, por presión social, los grandes grupos editoriales. Es decir, seguí, más que leyendo, devorando libros de narrativa, uno tras otro, sin parar.
Yo, que nunca he conducido, y no sé por qué, puede ser una de esas obligatorias direcciones del destino, si tal existe, recuerdo que iba leyendo una novela en el autobús y en una parada subió una señora de mediana edad que no dudó en elegir sentarse a mi lado, tras buscar con la mirada el lugar adecuado, cuando me vio el libro entre las manos, de igual manera que no tardó, notoriamente, en cambiarse de asiento cuando, con cara de horror, observó cómo abría la ventanilla y me deshacía, con clara decisión, de aquel libro enviándolo a la terrible solanera almeriense: Ha sido de las pocas novelas que una vez comenzada su lectura no pude terminar. Gloriosamente no recuerdo su autor o título.
En 1985 inicié mis investigaciones sobre la oralidad en La Alpujarra, Almería y Granada, que luego amplié a Andalucía e Iberoamérica, particularmente en la poesía oral improvisada. Este contacto tan directo con una poética vital tan esencial me llevó, a partir de 1991-92, a volver a escribir mi propia poesía, ya con un claro sentido transcendente por cuanto que coincidió con mi iniciación al estudio de la psicología transpersonal. Publiqué diez volúmenes sobre la oralidad, tres sobre autoayuda y ninguno de los poemas, que duermen la cibernética quietud del ordenador.
Un necesario salto en el tiempo, tan ocupado estaba con estas atribuciones y, por supuesto, leyendo, nos sitúa en 2002, después de haber trabajado como voluntario y como contratado, en Mujeres Progresistas de El Ejido, antes y después de los ataques racistas del 2000, y estaba terminando mi libro de ensayo Nuevas estampas de El Ejido, cuando, en el acumulado furor durante tantos años por escribir narrativa y no decidirme, comencé a esbozar la novela, corta, cortita, El silencio de Fátima.
El tema central narra las tribulaciones de un joven magrebí que llega en patera hasta las costas de Almería. El tono narrativo es lírico, el propio protagonista nos cuenta qué le ocurre, de una forma íntima, casi poética, de su llegada trágica, de su conseguir trabajo, de cómo vivir en las chabolas, de sentirse perseguido y de su transcender tanta limitación y tanta trampa social para llegar a considerarse, gran logro en la obligatoria baja autoestima que la sociedad receptora capitalista impone a los inmigrados, persona digna.
Como ya estamos en esa anunciada década en que por fin me decidí a escribir novela, tocó en los años 2005-2006 que bocetara y concluyera mi tercera novela, también corta, que este hecho se convertirá en costumbre, la titulada El almendro en flor roja. El protagonista resulta un escritor, llamado Juan Matías, que está escribiendo una novela, nos ofrece su discurso personal como escribidor, nótese la influencia de Vargas Llosa, a la vez que los aconteceres de su vida personal. A lo largo del texto el protagonista se va diluyendo en otro escritor que al final de la década de 1920 fundó el Partido Comunista de su pueblo y que es uno de los vigilantes en un campo de concentración para aniquilar fascistas durante la última guerra civil española.
Durante 2007 y 2008 he escrito mi siguiente novela, corta ¿verdad?, que he titulado Alpujarra Reality Show. En este texto vamos a conocer las cotidianas incidencias en la vida de una familia típica española, de pueblo, actual. Aquí el protagonista es toda la familia, digamos que el protagonista es coral.
También durante esta década de los años 2000 desarrollé un trabajo de profundidad en los entresijos de las técnicas narrativas apoyando en sus primeros libros, como asesor literario, a dos autores almerienses: Manuel Fernández Castilla y Miguel Milán. Con el primero preparé la edición de su novela El Gran Caracol, una deliciosa e imaginativa sucesión de mágicas aventuras planteadas para todo tipo de lectores, mayores o jóvenes, que el autor sitúa en el Reino de la Imaginación. Con Miguel Milán, un novelista con los atributos literarios bien puestos, que pronto se disputarán sus próximas novelas, para venderlas a miles, las más dinámicas casas editoriales, tuve la preciosa experiencia de dirigir, desde que comenzó a escribirla, y corregir, cuando la terminó, su novela de título El último derecho de pernada (Libertarias. Madrid 2008).
Mi trabajo con estos dos escritores fue doblemente complejo y, por ello, más atractivo en base al ingente esfuerzo empleado: Corregí frases y palabras, revisé sintácticas, pero en todo momento siendo consciente del natural condicionante de que el texto, no siendo de mi autoría, y tenía, por tanto, que respetar y potenciar el propio modo, en fondo y tono, narrativo de los autores, con el doble propósito de que mi intervención en sus textos no se notara, por un lado, y, por otro, de hacerles conscientes de sus propios valores creativos en el proceloso arte de escribir.
He de señalar que las novelas cortas que he escrito hasta ahora, incluida aquella innominada, tienen en común algunas características y, vistas desde cierta distancia, que los textos están terminados, bien pudiera observarse que las escritas a lo largo de la década de los años 2000, El silencio de Fátima, El almendro en flor roja y Alpujarra Reality Show, forman una trilogía, aunque esa no fue la intención del autor, o sea, mía:
1- La crítica a la normalidad, a lo aceptado como socialmente correcto dentro de la conciencia individual.
A través de sus experiencias, el sexo, la religión, la política, el pensamiento, los personajes ofrecen una visión libre de su personalidad y de sus relaciones, sin dejarse avasallar por las convicciones impuestas por el imaginario social.
2- En la estructura narrativa, el armazón de capítulos cortos sin, aparentemente, estar conectados.
Una estructura de este tipo permite al lector ir relacionando las distintas situaciones de los protagonistas de forma personal, tal vez intuitiva.
3- En el estilo, la voz íntima, vital e interior, y la profundidad psicológica de los personajes.
Los personajes tienen voz propia, escasamente uso la tercera persona, y los textos están contados en primera y, a veces, en segunda persona. De esta forma se completa el nivel intimista.
4- En la forma, el discurso poético.
La reflexión poética ayuda, sin llegar del todo al surrealismo, a la comprensión del lector de las sensaciones extraordinarias del personaje. Al lector le puede resultar fácil meterse en la piel del personaje.
5- Las reiteradas referencias a la música.
6- Constante relación en los textos con la literatura en general.
La interrelación entre los distintos géneros literarios, o artísticos, en el marco de la narrativa, a través de poemas, imágenes, o la alusión directa al propio proceso de creación literaria.
Y, ya al fin de estos artísticos comentarios, por cuanto que están relacionados con la actividad artística sin investigar si por sí mismos conllevan algún mérito literario, me queda por apuntar que en esta primavera de 2008 he comenzado a prepararme, documentalmente hablando, para escribir otra novela, quizá histórica, y no sé si larga o corta, basada en los últimos minutos de vida de un heterodoxo héroe andaluz: Abén Humeya, que tuvo el arrojo de enfrentarse al naciente y terrorista imperialismo español, el de los Reyes Católicos, a pesar de entender que no tenía posibilidad alguna de victoria.
Ahora sólo me queda comentar que escribo por la misma razón que tiene cualquier persona para expresarse, como un hecho inherente a la humanidad dicen unas voces, por la incorrecta canalización de la energía creadora, la sexual, dicen otras.
Sí es cierto que utilizo la narrativa para hacer visible, tal vez para asumirlo, el lado oscuro de esos rasgos de psicología social que se introducen en las personalidades individuales y se entienden como patrón de normalidad, excluyente, para la vida de cada cual. Por esto, cuando en algunas ocasiones me han preguntado, mentes impresionadas por algunas descripciones socialmente no normalizadas, si mi narración es autobiográfica he contestado que sí, que mis novelas son la autobiografía, no mía, de la sociedad que me ha tocado vivir.
Ya por entonces vivía sumido en la circunstancial y lírica contradicción, por la edad, de no comprender en oposición los sentires íntimos y sociales de quienes me rodeaban. Supongo que para aplacar aquella mi ansia por la verdad, hasta 1980, escribí un buen número de poemas, que los críticos nombraron poesía social. De aquellos poemas sólo recuerdo ya una fiesta de luna llena donde convoqué a unos pocos amigos para quemarlos, rociados de champán biológico, en una hoguera.
Pero, al igual que mi adorada rubia se desdobló, como no me hacía mucho caso me enamoré de otra rubia salerosa, lo mismo ocurrió con mi afán por escribir: Comencé a escribir narrativa.
Leía bastante. En la infancia me apasionaron las historias gráficas, los cómics, luego, tras pasar por una buena cantidad de novelitas de Marcial Lafuente Estefanía, que mi padre devoraba, llegué a los clásicos de aventuras, Julio Verne y los ingleses, para descubrir gozosamente a García Márquez, Vargas Llosa, pasando por ocasionales lecturas de Blasco Ibáñez o Benavente. Después, entre el montón de libros que sin ningún tipo de elección leía, llegaron Boris Vian, Bukowski, Genet… y esto sin entrar a desgranar las querencias de otros géneros artísticos, como el cine, aún recuerdo con emoción un ciclo, en Granada, con todas las películas de Fernando Arrabal, o la pintura, ya entonces abducido por El Bosco y por Joan Miró.
El caso es que muy pronto me puse a escribir narrativa con este bagaje de influencias, mas otro acontecimiento literario que siempre brilla en lo más profundo de mi personalidad y mi gusto por la narrativa: Aquellos cuentos orales que, en la infancia, mi abuelo nos contaba a mis hermanas y a mí a la luz de la lumbre en la chimenea. Desde entonces entrar en una novela o ver una película, o que alguien me hable y hable sin parar, fíjate qué cosa, a mí me traspone, me deja como embobado y pendiente de lo narrado hasta convertirlo en lo único importante de mi mundo.
De esta manera para 1983, año en que publiqué mi primer libro, y era de narrativa, ya tenía escrita una colección de relatos, que luego perdí en su mayoría. Ese mi primer libro publicado, de 60 páginas, que nació sin título y con uno de mis oníricos dibujos de aquella época como portada, encierra un texto explícitamente libre, tanto en temas como en la forma. El libro está dividido en distintos capítulos muy breves, pero relacionados entre sí, componiendo finalmente una novela corta. En cuanto a los temas tratados resultan los mismos, ahora en embrión, de las tres novelas cortas que escribí desde 2002 a 2008, años en que me tomé en serio, como más adelante veremos, mi pasión por escribir narrativa: Libertad sexual, denuncia de la opresión de la Iglesia, negación de las estructuras sociales convencionales…
Sí es cierto que este mi primer libro de narrativa, como otra de las constantes en mi novelística, está escrito en clave poética, escondiendo cierto humor, algo particular, y rebosando de una deslenguada magia, muy influida por el ya mentado Boris Vian, una cita suya cierra este libro, que, surrealista, inventa en cada frase la realidad como nueva.
Precisamente por ese tiempo, en 1982, dejé de escribir aquella poesía de queja colectiva, de carga política, de reivindicación social, porque, estaba entrando en una nueva etapa de mi evolución personal, no encontraba sentido a escribir desde lo negativo, desde lo que estaba mal, siempre según mi criterio, y empezaba a entender que la poesía, como la propia vivencia, podía tener otros valores.
El caso es que, causalidades de la vida, yo entonces vivía en Sevilla, descubrí un nuevo sentido para la poética a través de la imagen y todas las vertientes artísticas: Con el alter ego de Miester Minio trabajé toda la década de los años 80 en la poesía experimental, tanto visual como imaginando poemas sonoros, visivos o realizando acciones urbanas.
Aquí perdí el hilo azul de la narrativa. Bueno, no escribí nada al respecto pero, claro, seguí leyendo. Conocí a Muñoz Molina recién publicado su primer libro, una selección de relatos. Aunque no le vi más, seguí leyéndolo. Y aparecieron Anais Nin, Juan Goytisolo, Isabel Allende, José Saramago… y hubo, seguro, muchos autores y autoras más que me maravillaron, sin olvidar, por supuesto, los cíclicos best-seller que de poco a poco nos imponen, por presión social, los grandes grupos editoriales. Es decir, seguí, más que leyendo, devorando libros de narrativa, uno tras otro, sin parar.
Yo, que nunca he conducido, y no sé por qué, puede ser una de esas obligatorias direcciones del destino, si tal existe, recuerdo que iba leyendo una novela en el autobús y en una parada subió una señora de mediana edad que no dudó en elegir sentarse a mi lado, tras buscar con la mirada el lugar adecuado, cuando me vio el libro entre las manos, de igual manera que no tardó, notoriamente, en cambiarse de asiento cuando, con cara de horror, observó cómo abría la ventanilla y me deshacía, con clara decisión, de aquel libro enviándolo a la terrible solanera almeriense: Ha sido de las pocas novelas que una vez comenzada su lectura no pude terminar. Gloriosamente no recuerdo su autor o título.
En 1985 inicié mis investigaciones sobre la oralidad en La Alpujarra, Almería y Granada, que luego amplié a Andalucía e Iberoamérica, particularmente en la poesía oral improvisada. Este contacto tan directo con una poética vital tan esencial me llevó, a partir de 1991-92, a volver a escribir mi propia poesía, ya con un claro sentido transcendente por cuanto que coincidió con mi iniciación al estudio de la psicología transpersonal. Publiqué diez volúmenes sobre la oralidad, tres sobre autoayuda y ninguno de los poemas, que duermen la cibernética quietud del ordenador.
Un necesario salto en el tiempo, tan ocupado estaba con estas atribuciones y, por supuesto, leyendo, nos sitúa en 2002, después de haber trabajado como voluntario y como contratado, en Mujeres Progresistas de El Ejido, antes y después de los ataques racistas del 2000, y estaba terminando mi libro de ensayo Nuevas estampas de El Ejido, cuando, en el acumulado furor durante tantos años por escribir narrativa y no decidirme, comencé a esbozar la novela, corta, cortita, El silencio de Fátima.
El tema central narra las tribulaciones de un joven magrebí que llega en patera hasta las costas de Almería. El tono narrativo es lírico, el propio protagonista nos cuenta qué le ocurre, de una forma íntima, casi poética, de su llegada trágica, de su conseguir trabajo, de cómo vivir en las chabolas, de sentirse perseguido y de su transcender tanta limitación y tanta trampa social para llegar a considerarse, gran logro en la obligatoria baja autoestima que la sociedad receptora capitalista impone a los inmigrados, persona digna.
Como ya estamos en esa anunciada década en que por fin me decidí a escribir novela, tocó en los años 2005-2006 que bocetara y concluyera mi tercera novela, también corta, que este hecho se convertirá en costumbre, la titulada El almendro en flor roja. El protagonista resulta un escritor, llamado Juan Matías, que está escribiendo una novela, nos ofrece su discurso personal como escribidor, nótese la influencia de Vargas Llosa, a la vez que los aconteceres de su vida personal. A lo largo del texto el protagonista se va diluyendo en otro escritor que al final de la década de 1920 fundó el Partido Comunista de su pueblo y que es uno de los vigilantes en un campo de concentración para aniquilar fascistas durante la última guerra civil española.
Durante 2007 y 2008 he escrito mi siguiente novela, corta ¿verdad?, que he titulado Alpujarra Reality Show. En este texto vamos a conocer las cotidianas incidencias en la vida de una familia típica española, de pueblo, actual. Aquí el protagonista es toda la familia, digamos que el protagonista es coral.
También durante esta década de los años 2000 desarrollé un trabajo de profundidad en los entresijos de las técnicas narrativas apoyando en sus primeros libros, como asesor literario, a dos autores almerienses: Manuel Fernández Castilla y Miguel Milán. Con el primero preparé la edición de su novela El Gran Caracol, una deliciosa e imaginativa sucesión de mágicas aventuras planteadas para todo tipo de lectores, mayores o jóvenes, que el autor sitúa en el Reino de la Imaginación. Con Miguel Milán, un novelista con los atributos literarios bien puestos, que pronto se disputarán sus próximas novelas, para venderlas a miles, las más dinámicas casas editoriales, tuve la preciosa experiencia de dirigir, desde que comenzó a escribirla, y corregir, cuando la terminó, su novela de título El último derecho de pernada (Libertarias. Madrid 2008).
Mi trabajo con estos dos escritores fue doblemente complejo y, por ello, más atractivo en base al ingente esfuerzo empleado: Corregí frases y palabras, revisé sintácticas, pero en todo momento siendo consciente del natural condicionante de que el texto, no siendo de mi autoría, y tenía, por tanto, que respetar y potenciar el propio modo, en fondo y tono, narrativo de los autores, con el doble propósito de que mi intervención en sus textos no se notara, por un lado, y, por otro, de hacerles conscientes de sus propios valores creativos en el proceloso arte de escribir.
He de señalar que las novelas cortas que he escrito hasta ahora, incluida aquella innominada, tienen en común algunas características y, vistas desde cierta distancia, que los textos están terminados, bien pudiera observarse que las escritas a lo largo de la década de los años 2000, El silencio de Fátima, El almendro en flor roja y Alpujarra Reality Show, forman una trilogía, aunque esa no fue la intención del autor, o sea, mía:
1- La crítica a la normalidad, a lo aceptado como socialmente correcto dentro de la conciencia individual.
A través de sus experiencias, el sexo, la religión, la política, el pensamiento, los personajes ofrecen una visión libre de su personalidad y de sus relaciones, sin dejarse avasallar por las convicciones impuestas por el imaginario social.
2- En la estructura narrativa, el armazón de capítulos cortos sin, aparentemente, estar conectados.
Una estructura de este tipo permite al lector ir relacionando las distintas situaciones de los protagonistas de forma personal, tal vez intuitiva.
3- En el estilo, la voz íntima, vital e interior, y la profundidad psicológica de los personajes.
Los personajes tienen voz propia, escasamente uso la tercera persona, y los textos están contados en primera y, a veces, en segunda persona. De esta forma se completa el nivel intimista.
4- En la forma, el discurso poético.
La reflexión poética ayuda, sin llegar del todo al surrealismo, a la comprensión del lector de las sensaciones extraordinarias del personaje. Al lector le puede resultar fácil meterse en la piel del personaje.
5- Las reiteradas referencias a la música.
6- Constante relación en los textos con la literatura en general.
La interrelación entre los distintos géneros literarios, o artísticos, en el marco de la narrativa, a través de poemas, imágenes, o la alusión directa al propio proceso de creación literaria.
Y, ya al fin de estos artísticos comentarios, por cuanto que están relacionados con la actividad artística sin investigar si por sí mismos conllevan algún mérito literario, me queda por apuntar que en esta primavera de 2008 he comenzado a prepararme, documentalmente hablando, para escribir otra novela, quizá histórica, y no sé si larga o corta, basada en los últimos minutos de vida de un heterodoxo héroe andaluz: Abén Humeya, que tuvo el arrojo de enfrentarse al naciente y terrorista imperialismo español, el de los Reyes Católicos, a pesar de entender que no tenía posibilidad alguna de victoria.
Ahora sólo me queda comentar que escribo por la misma razón que tiene cualquier persona para expresarse, como un hecho inherente a la humanidad dicen unas voces, por la incorrecta canalización de la energía creadora, la sexual, dicen otras.
Sí es cierto que utilizo la narrativa para hacer visible, tal vez para asumirlo, el lado oscuro de esos rasgos de psicología social que se introducen en las personalidades individuales y se entienden como patrón de normalidad, excluyente, para la vida de cada cual. Por esto, cuando en algunas ocasiones me han preguntado, mentes impresionadas por algunas descripciones socialmente no normalizadas, si mi narración es autobiográfica he contestado que sí, que mis novelas son la autobiografía, no mía, de la sociedad que me ha tocado vivir.
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